En el capítulo 2 de "Cómo aprende nuestro cerebro", Stanislas Dehaene desafía la noción de que los recién nacidos son una "tabla rasa" al explicar cómo el cerebro del bebé ya posee un amplio conocimiento heredado de su historia evolutiva. Aunque este conocimiento no se manifiesta de inmediato en el comportamiento del bebé, avances en las ciencias cognitivas han revelado su existencia a través de experimentos que muestran la sorpresa de los bebés ante situaciones que desafían las leyes de la física. Dehaene explora la intuición de los bebés sobre la existencia de objetos y cómo su capacidad para percibir el mundo físico se manifiesta desde una edad temprana. Utilizando experimentos y teatrinos especialmente diseñados, los investigadores han descubierto que incluso los bebés más jóvenes muestran sensibilidad a la magia, lo que demuestra sus profundas intuiciones sobre el mundo físico. Este capítulo destaca cómo los bebés poseen un conocimiento innato que desafía la idea de que nacen sin saber nada, subrayando la importancia de comprender la mente del bebé desde una perspectiva evolutiva y cognitiva.
Dehaene profundiza en cómo este conocimiento innato no solo se limita al mundo físico, sino que también abarca áreas como el lenguaje y las relaciones sociales. A través de estudios de neuroimagen y observaciones de comportamiento, se revela cómo los bebés tienen una predisposición hacia ciertos sonidos y patrones lingüísticos, lo que sugiere una base biológica para el aprendizaje del lenguaje. Además, se explora cómo desde una edad temprana los bebés muestran preferencias sociales y son capaces de distinguir entre diferentes expresiones faciales, lo que indica una sensibilidad innata hacia las interacciones sociales.
El autor también examina cómo este conocimiento innato interactúa con el entorno y se desarrolla a lo largo del tiempo a través de la experiencia y el aprendizaje. Se discute cómo la plasticidad cerebral permite que el cerebro del bebé se adapte y se moldee en respuesta a estímulos y experiencias, lo que amplía aún más su repertorio de conocimientos y habilidades a medida que crecen. Esta interacción entre la biología y el entorno subraya la complejidad del desarrollo humano y enfatiza la importancia de un enfoque holístico en la comprensión de cómo aprende nuestro cerebro desde la infancia hasta la edad adulta.

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